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El cariz sexual del tango

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Era indescriptible la emoción de mi amigo Carlos, luego de su primera lección de tango, misma que había tomado con total incertidumbre y prácticamente obligado por las circunstancias. Sucede que, obligado por el atributo de la cacería que asiste a todo hombre soltero, joven y con niveles de testosterona promedio, decidió perseguir a su musa inspiradora hasta donde ella fuera. Si entraba a comer a un restaurante de comida tailandesa, ahí iría Carlos a enfrentar su estómago con pulpos vivos y grillos fritos, si ella iba a la peluquería, pues Carlos tendría que tragarse su orgullo y hacerse la manicura o algún tratamiento facial propio de un metrosexual, y si Cristina, su musa, se matriculaba a clases de baile, él tendría que hacerlo también. Fue en estas circunstancias, cuando Carlos se matriculó en la